Discurso de Laurent Fabius, Ministro francés de Asuntos Exteriores y Desarrollo Internacional, presidente de la COP21, durante el Evento de alto nivel sobre el cambio climático organizado en Naciones Unidas en Nueva York el 29 de junio de 2015 (Nueva York, 29/06/2015)

Señor Presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas,
Señor Secretario General,
Señores Presidentes,
Señoras y señores Ministros y Embajadores,
Estimados colegas,

El tiempo en que la realidad del cambio climático y su origen antropógeno podían ponerse en duda ha pasado definitivamente; hoy, una cosa está clara, y es que sabemos.

Sabemos cuáles serán los efectos devastadores para el planeta si se da un calentamiento de más de 1,5 ºC o 2 ºC. Sabemos no sólo qué efectos tendrá en el clima, sino también en la salud pública, en el desarrollo, en la seguridad y en la paz. También sabemos que un movimiento exitoso hacia una economía nueva y con menos carbono tendrá efectos muy positivos en el crecimiento sostenible.

La comunidad internacional lleva setenta años enfrentándose en este recinto de las Naciones Unidas a crisis complejas, a menudo de una gravedad extrema, pero circunscritas geográficamente. Sabemos que con el desajuste del sistema climático, la amenaza pesa ahora sobre todo el planeta, y que ninguna región, y subrayo «ninguna», se librará de las consecuencias de nuestra inacción.

También sabemos, a cinco meses de la COP21, dónde estamos. Se lo resumiré. Empezando por los aspectos positivos, y a partir de lo que se ha alcanzado en las COP anteriores y en especial en la de Lima, observamos una voluntad real de los Estados tendente a un acuerdo universal y ambicioso en París. También observamos el compromiso en esta dirección de los grandes países emisores de dióxido de carbono; se trata de una toma de conciencia nueva para muchas empresas, entidades territoriales y muchos agentes económicos que deben participar también en la acción con numerosas reuniones nacionales e internacionales para avanzar. También sabemos, y es fundamental, que contamos con el apoyo de la comunidad científica, de grandes autoridades espirituales y morales, con el liderazgo personal de varios responsables eminentes, al frente de los cuales se encuentra el Secretario General de las Naciones Unidas, cuyo compromiso quiero agradecer. Y sabemos, por último, que contamos con un amplio apoyo en la opinión pública, en especial de los jóvenes y de la sociedad civil y sus organizaciones. Se trata de elementos muy positivos, como todos sabemos, y nos permite albergar la esperanza de que en 2015 se alcancen tres éxitos mundiales conjuntos: en Adís Abeba, sobre financiación para el desarrollo, en Nueva York, sobre los Objetivos de Desarrollo, y en París, sobre el clima.

Pero a pesar de ello somos muy conscientes, incluido yo, como humilde futuro huésped, y sabemos que se trata de una tarea extremadamente compleja, sabemos cuánto trabajo queda por hacer en muy poco tiempo útil, sabemos que tenemos que superar obstáculos y aprender las lecciones del pasado, una en especial: las principales decisiones se deben preparar con esmero con antelación, de ahí que sea necesario acelerar, retomando la expresión empleada por el Secretario General. Por último, sabemos que el propio calentamiento global y sus consecuencias dramáticas se siguen produciendo, ya que el año 2014 ha sido el más caluroso desde que se tienen registros, quizá solo por detrás de 2015.

En total, y sabiendo como todos ustedes todo esto, tengo una convicción, que deseo compartir con ustedes: el acuerdo de París es indispensable y es posible, con una condición: que respete lo que se llama generalmente la justicia.

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La justicia es, en primer lugar, la equidad en los esfuerzos. Sabemos que nuestras responsabilidades, pasadas y presentes, en el deterioro del clima no son idénticas. Sabemos que nuestras capacidades para reducir las emisiones tampoco lo son. De ahí deriva que las diferencias nacionales deben ser tenidas en cuenta en el acuerdo.
Sabemos que la justicia también es la solidaridad económica, y añadiré también la tecnológica. Los países desarrollados han adoptado un compromiso: cada año, hasta 2020, se destinarán 100.000 millones de dólares de financiación pública y privada primordialmente a los países más pobres y más vulnerables. Se trata de un compromiso que hay que cumplir. De ahí que sea necesario realizar esfuerzos adicionales en el ámbito de la financiación y del intercambio de tecnología.

Por último la justicia es, como bien sabemos, otorgar una importancia capital a la «adaptación» a los efectos del cambio climático y no solo a la «mitigación». El reto principal, como ya se ha apuntado con razón para numerosos países, es enfrentarse a las consecuencias, que ya se están produciendo, del cambio climático: por ejemplo, protegerse de la subida del nivel del mar, organizar una mejor gestión del agua en las zonas agrícolas que padecen sequías o generalizar sistemas de alerta temprana frente a los desastres provocados por el clima. El acuerdo de París deberá aportar soluciones concretas a este punto, sin esperar a 2020.

Por lo tanto, equidad, solidaridad económica y adaptación. Me gustaría añadir a ello la exigencia de que el acuerdo de París sea duradero, es decir que se pueda prorrogar más allá de 2030, y que nos lleve a revisar periódicamente los objetivos al alza, porque París debe ser tanto un punto de partida como una meta.

Con estas condiciones, confianza y transparencia, y puesto que ahora sabemos todo lo anterior, espero poder pronunciar en su nombre, dentro de cinco meses, las palabras siguientes: «queda aprobado el acuerdo de París». Pero eso depende ahora de todos nosotros.

Gracias.

Última modificación: 09/07/2015

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